Isabela Santibáñez no había venido a la prisión para gloatear; había venido a negociar, y eso la hacía infinitamente más peligrosa.
El teléfono del cubículo de visitas pesaba como plomo en la mano de Victoria mientras observaba a la mujer que había sido su mejor amiga durante años, luego su peor enemiga, y ahora algo que no podía definir con palabras simples. El cristal grueso que las separaba estaba rayado por años de conversaciones desesperadas, con manchas de lágrimas y huellas dactilares fo