Isabela Santibáñez no había venido a la prisión para gloatear; había venido a negociar, y eso la hacía infinitamente más peligrosa.
El teléfono del cubículo de visitas pesaba como plomo en la mano de Victoria mientras observaba a la mujer que había sido su mejor amiga durante años, luego su peor enemiga, y ahora algo que no podía definir con palabras simples. El cristal grueso que las separaba estaba rayado por años de conversaciones desesperadas, con manchas de lágrimas y huellas dactilares formando un mapa de sufrimiento que nunca sería completamente limpiado.
Isabela se recargó en su silla con movimientos cuidadosos que acomodaban el peso de su vientre, con una mano descansando protectoramente sobre la curva pronunciada donde su hijo crecía. Sus ojos verdes estudiaban a Victoria con una intensidad que era casi táctil, buscando algo en su rostro que Victoria no estaba segura de querer revelar.
—Sé lo que Gabriel te hizo —dijo Isabela finalmente, y su voz a través del teléfono sonaba