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La sangre había comenzado a coagularse alrededor del cuerpo de Gabriel, formando un charco oscuro que se extendía hacia las patas de la mesa del comedor como dedos acusadores. Victoria permanecía sentada en el suelo, entre los dos cadáveres, con las piernas dobladas contra su pecho y los brazos rodeando sus rodillas. No lloraba. Ni siquiera temblaba. Solo observaba la escena con una desconexión que resultaba más aterradora que cualquier histeria.

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