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La sala de interrogatorio olía a café rancio y desinfectante industrial. Victoria había pasado suficiente tiempo en espacios corporativos para reconocer ese aroma particular de lugares diseñados para la incomodidad deliberada. Las paredes eran de un beige institucional que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, y la mesa metálica frente a ella tenía marcas de años de uso: rayones, manchas de café, iniciales grabadas por p

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