231. BUENOS ACTORES
DAFNE:
Continué mi diatriba, las palabras brotando de mi boca como un torrente imparable, cuando de pronto una voz autoritaria resonó en la sala:
—¡Silencio en la sala! Su señoría, el juez general Maldonado.
El color abandonó mi rostro al escuchar ese nombre. El juez Maldonado, aquel hombre al que tantas veces había chantajeado siguiendo las órdenes de Amaya, estaba allí. La realidad de la situación me golpeó con fuerza: me iban a juzgar allí mismo, en ese lugar improvisado y siniestro.
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