Una vez que estuvieron solos, Fabien se acercó mucho más a Madeleine, invadiendo su espacio y utilizando muy provechosamente cada centímetro de su estatura. Un metro noventa y siete de amenaza silenciosa que se alzó delante de ella y la obligó a verlo.
Madeleine tuvo que inclinar la cabeza para mantenerle la mirada, pero no retrocedió. La valiente pequeña Le Roy.
—¿Qué es lo que quieres? —le gruñó—. ¿No tienes a nadie más a quien puedas ir a fastidiar?
—¿Y para qué son las esposas si no es a