El despacho de Lee Mi-sook, en la planta ejecutiva de la Torre Haneul, era un santuario de mármol pulido y caoba oscura, adornado con obras de arte milenarias y una vista panorámica de Seúl que pocos podían igualar. Pero esa noche, el lujo y la imponencia de su entorno no le ofrecían consuelo. El aire estaba cargado con el olor a café frío y la tensión que emanaba de los informes esparcidos sobre su escritorio.
La matriarca del Grupo Haneul se sentía como si el peso de la torre misma se hubiera