La llamada de su padre fue fría y cortante, un contraste brutal con el tono servil que Choi Seo-yeon solía recibir. "Seo-yeon, necesito verte. Ahora. En la oficina." No hubo "cariño" o "hija", solo una orden seca que heló la sangre en sus venas. Algo andaba mal. Muy mal.
Cuando entró en la sala de juntas de su propio Grupo Choi, la atmósfera era tan gélida que casi podía ver el vapor de su aliento. Su padre estaba sentado a la cabecera de la mesa, el rostro pétreo. A su alrededor, los directore