El humo de los cigarros llenaba la habitación mientras Marcus se servía un vaso más de whisky. Vanessa, con una bata de seda suelta sobre el cuerpo, lo observaba desde el sofá. Habían discutido, se habían desgarrado en la cama, y sin embargo ahí estaban: dos fieras heridas lamiéndose las cicatrices con odio compartido.
Marcus bebió de un trago y dejó el vaso sobre la mesa de cristal con un golpe seco.
—Voy a tenerla —dijo, la voz ronca, como una promesa hecha al aire—. Esa maldita ucraniana va