Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa noche después del atentado tenía el sabor agrio de lo irreal. Nueva York se había apagado en sus ruidos habituales, pero en el piso más alto del edificio Blackthorne, el silencio pesaba tanto que parecía un sonido en sí mismo. William estaba solo en su despacho, con la chaqueta colgada en el respaldo del sillón y las manos apoyadas sobre el escritorio de roble que había visto morir a dos generaciones de hombres. Afuera, los ventanales mostraban un mar de luces estáticas; adentro, el reflejo de su rostro era más viejo que nunca.
Había pasado su vida creyendo que la herencia era un escudo, no una condena. Que legar poder era legar protección. Pero esa noche —con el olor del humo todavía en su memoria y la imagen de Marcus saliendo del hospital con la bebé en brazos— entendió que el apellid







