La noche en palacio era diferente.
Más tranquila, pero nunca pacífica.
Las antorchas a lo largo de los pasillos ardían más bajas, proyectando sombras que se extendían y se retorcían sobre la piedra como seres vivos. Callie se movía por ellas con paso mesurado, con la llamada firmemente doblada en la palma de la mano.
Ven a mis aposentos. Solo. Después del anochecer.
Sin sello. Sin firma.
No era necesaria.
Su pulso no se había calmado desde que la leyó.
Su instinto le decía que esta no era una opción. Ya no. Lo que fuera que hubiera cruzado, cualquier línea que hubiera difuminado, se había convertido en expectación.
Se detuvo frente a la puerta, respirando con dificultad.
Entonces llamó.
"Entra".
La palabra tenía peso. Autoridad. Determinación.
Los aposentos de Darian estaban escasamente iluminados: luz de fuego y sombras, el aire cargado con el aroma a cuero y algo salvaje debajo. Él estaba de pie cerca de la chimenea, esperando, con una postura relajada que denotaba control absoluto.