Callie despertó con el eco de la noche aún pegado a su piel.
No había marcas, no había ninguna.
Lo que persistía era peor.
El recuerdo de arrodillarse.
El silencio.
La forma en que Darian la había dejado inconclusa, expuesta, consciente.
Su cuerpo lo recordaba incluso cuando su mente intentaba seguir adelante.
Yacía inmóvil en su estrecho catre en las habitaciones de los sirvientes, mirando el bajo techo de piedra mientras un calor se enroscaba en su vientre, indeseado e insistente. El palacio