Callie despertó con el eco de la noche aún pegado a su piel.
No había marcas, no había ninguna.
Lo que persistía era peor.
El recuerdo de arrodillarse.
El silencio.
La forma en que Darian la había dejado inconclusa, expuesta, consciente.
Su cuerpo lo recordaba incluso cuando su mente intentaba seguir adelante.
Yacía inmóvil en su estrecho catre en las habitaciones de los sirvientes, mirando el bajo techo de piedra mientras un calor se enroscaba en su vientre, indeseado e insistente. El palacio estaba tranquilo a esa hora, pero en su interior, todo estaba intranquilo.
Esto no es necesidad, se dijo a sí misma.
Es condicionamiento.
El pensamiento no ayudó.
Su lobo se agitó bajo su piel; no frenético, ni temeroso, sino alerta. Atento. Esperando.
Apretó los muslos, respirando lentamente hasta que la sensación se atenuó lo suficiente como para que pudiera levantarse.
Para cuando Callie llegó a los pasillos superiores, el palacio había despertado. Los sirvientes se movían con ritmos ensayado