El palacio nunca dormía.
Solo susurraba.
Callie lo aprendió a las malas.
En cuanto cruzó el ala del Rey esa mañana, el aire cambió. No más frío, sino más cortante. Como una cuchilla que se arrastraba lentamente sobre la piel. Los ojos la seguían de una forma que no habían visto antes. Los sirvientes se detenían demasiado. Las conversaciones terminaban demasiado rápido. Sonrisas se curvaban donde no debían.
Mantenía la cabeza gacha, la postura perfecta, las manos cruzadas al caminar, pero la tensión se le colaba bajo la piel.
Sabían algo.
Empezó con Lirren.
Arrinconó a Callie cerca de los cuartos de lino, con la voz baja y dulce como el veneno. "Eres la favorita", dijo en voz baja, fingiendo ordenar un estante. "Todos lo ven".
Callie se tensó. "Sirvo según las órdenes".
Una leve risa. "Nosotras también. Y sin embargo... no todas somos convocadas al anochecer". Las palabras la impactaron más de lo que Callie quería admitir.
"No sé qué crees haber visto", respondió Callie con cautela.
Li