La medianoche llegó sin ceremonia.
Sin campanas. Sin llamadas resonando por los pasillos del palacio. Solo la silenciosa certeza que se apoderó de Callie a medida que la hora se acercaba, pesada e inevitable. La sintió antes de oír el golpe, antes de que llegaran los guardias para escoltarla, antes de que las puertas se abrieran en la sombra.
Darian no la llamó en voz alta.
Nunca lo necesitó.
El pasillo fuera de su cámara de entrenamiento privada estaba en penumbra, iluminado solo por antorchas de pared que parpadeaban como ojos inquietos. El aire olía diferente allí: piedra cálida, cuero viejo, el tenue rastro metálico de poder que siempre lo seguía. Los pasos de Callie se ralentizaron al cruzar el umbral, con el pulso resonando en sus oídos.
Las puertas se cerraron tras ella con un golpe sordo final y resonante.
Él ya estaba dentro.
Darian estaba de pie cerca del centro de la cámara, con los brazos cruzados a la espalda, la ropa oscura confundiéndose con las sombras. No la miró de i