El día comenzó como cualquier otro.
Lo que lo hacía más peligroso.
Callie se movía por los pasillos del palacio con precisión practicada, manos firmes, postura controlada, la mirada baja lo justo para indicar obediencia sin invitar al escrutinio. La rutina debería haberla calmado. En cambio, cada tarea se sentía cargada: cada respiración un acto de moderación, cada paso un recordatorio de la noche anterior.
De la cinta.
De la voz en su oído.
De lo que casi había sucedido.
Aún podía sentirlo: el fantasma de su presencia persistiendo bajo su piel, la conciencia que, una vez despertada, se negaba a asentarse. La seguía mientras cargaba mantelería, pulía los accesorios de latón y arreglaba flores frescas en las cámaras exteriores del ala del consejo.
Y no estaba sola.
El sirviente rival, Elric, la observaba desde el otro lado de la habitación.
Siempre la había observado.
Donde otros apartaban la mirada de la sirvienta favorita de Darian, Elric la observaba abiertamente, con una curiosidad