El día comenzó como cualquier otro.
Lo que lo hacía más peligroso.
Callie se movía por los pasillos del palacio con precisión practicada, manos firmes, postura controlada, la mirada baja lo justo para indicar obediencia sin invitar al escrutinio. La rutina debería haberla calmado. En cambio, cada tarea se sentía cargada: cada respiración un acto de moderación, cada paso un recordatorio de la noche anterior.
De la cinta.
De la voz en su oído.
De lo que casi había sucedido.
Aún podía sentirlo: el