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Tutankhamun sintió el terror atravesarlo como lanza cuando guardias reportaron que Kiya había desaparecido de los jardines, y supo con certeza helada que la historia estaba repitiéndose en la forma más cruel posible.

El palacio explotó en actividad frenética. Guardias corrieron por cada corredor, registraron cada habitación, gritaron órdenes contradictorias mientras el pánico se extendía como fuego por paja seca. Tutankhamun atravesó el caos con propósito singular, su mente ya calculando posibilidades, descartando opciones, siguiendo la lógica helada del horror.

Kiya no había huido. Alguien la había tomado.

—¡Faraón! —Satiah apareció entre la multitud de sirvientes asustados, su rostro anciano marcado por urgencia—. Encontraron rastros. En el ala este, cerca de las bodegas abandonadas.

Tutankhamun no esperó

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