Ankhesenamun ardía con luz divina mientras sanaba a Tutankhamun, completamente consciente de que cada segundo de ese poder hermoso estaba consumiendo su vida como llama devora una vela, y no le importaba en absoluto.
El resplandor dorado emanaba de cada poro de su piel, transformándola en algo más que mortal. Tutankhamun yacía inconsciente bajo sus manos, el veneno que Seti había introducido en su vino siendo expulsado sistemáticamente de su sangre por energía antigua que fluía a través de ella. Podía sentir las generaciones de mujeres que habían poseído este don antes que ella, sus voces susurrando en su mente, guiándola, advirtiéndole, pero también alentándola.
Esto es lo que significa amar, pensó mientras observaba las heridas de Tutankhamun cerrándose bajo su toque. Dar todo sin esperar nada a cambio.
Los soldados que habían traicionado a su faraón retrocedieron aterrorizados cuando Ankhesenamun se puso de pie lentamente. La luz que emanaba de ella iluminaba el campamento nocturno