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Ankhesenamun ardía con luz divina mientras sanaba a Tutankhamun, completamente consciente de que cada segundo de ese poder hermoso estaba consumiendo su vida como llama devora una vela, y no le importaba en absoluto.

El resplandor dorado emanaba de cada poro de su piel, transformándola en algo más que mortal. Tutankhamun yacía inconsciente bajo sus manos, el veneno que Seti había introducido en su vino siendo expulsado sistemáticamente de su sangre por energía antigua que fluía a través de ella
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