Mundo ficciónIniciar sesiónLa sacerdotisa murió en el suelo del palacio, y con ella murió cualquier esperanza de respuestas.
Sus ojos, que momentos antes habían brillado con la sabiduría de décadas sirviendo a los dioses, ahora miraban al techo pintado sin ver nada. La sangre que brotaba de sus ojos, oídos y nariz formaba un charco carmesí que se extendía lentamente sobre el mármol pulido, como si la vida misma hubiera decidido abandonar cada orificio de su cuerpo al mismo tiempo.
Nebamun se arrodilló junto al cuerpo con manos temblorosas, presionando dedos contra el cuello de la mujer en busca de un pulso que ya sabía inexistente. Su rostro, habitualmente sereno tras décadas de práctica médica, mostraba una palidez que rivalizaba con la de la muerte.
—No es natural —murmuró, y su voz resonó en el silencio espeso que había caído sobre la habitació







