El amanecer llegó antes que el mensajero, antes que cualquier anuncio, antes que la corte tuviera tiempo de preparar su protocolo y su distancia calculada. Llegó como llegaban todas las cosas que importaban de verdad en el palacio de Tebas: sin pedir permiso, sin respetar el orden que los hombres se esforzaban tanto en mantener.
Neferet no estaba dormida cuando escuchó los cascos en el patio empedrado.
Llevaba despierta desde la hora tercera de la noche, cuando un sueño que no supo retener la d