El palacio de Tebas entró en luto con el protocolo que setenta días de tradición exigían: las telas blancas cubriendo las columnas pintadas, los sacerdotes del templo principal iniciando los ritos de embalsamamiento que el cuerpo del faraón requería antes de su entierro definitivo, y el silencio específico que el palacio producía cuando todos sus habitantes, desde los consejeros del círculo interno hasta los sirvientes del turno más humilde, entendían que algo fundamental había cambiado en la e