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El escriba real llegó a sus aposentos antes del amanecer, cuando el palacio todavía dormía con esa respiración lenta y pesada que tenía en las horas más oscuras. Llevaba el documento enrollado con cuidado excesivo, sostenido con ambas manos como si el pergamino fuera frágil, lo cual no era. Era el escriba quien estaba frágil: un hombre que había servi

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