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La mañana llegó sin anunciarse, como suelen llegar las mañanas que traen consigo noticias que uno no estaba preparado para recibir.

Neferet estaba en los jardines interiores cuando Ipet apareció en el umbral de la columnata, con el cuerpo tenso de la manera particular que tenía cuando cargaba algo que le quemaba las manos. No era una sirvienta dada a los dramatismos —quince años en el palacio la habían curtido de una quietud casi m

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