El amanecer no había llegado aún, pero la noche ya parecía vieja.
Las antorchas del corredor del ala norte se consumían lentamente, exhalando un humo espeso que se pegaba a los tapices y hacía brillar las vetas del mármol con un fulgor enfermizo. Todo el palacio dormía, o fingía hacerlo, excepto las dos sombras que cruzaban los pasillos hacia las cámaras inferiores: Noctara y Thallyla.
Ambas llevaban las manos manchadas con el polvo de los grimorios y el rastro invisible de lo que habían descub