La noche había caído pesada sobre las calles desiertas. El aire olía a humedad y a hierro oxidado, presagio de desgracias que los huérfanos, acurrucados bajo su refugio, no pudieron presentir a tiempo.
Primero escucharon risas. No eran risas infantiles ni alegres, sino carcajadas ásperas, llenas de crueldad. Sombras largas se arrastraron por el callejón, y pronto, figuras encapuchadas emergieron del oscuro sendero: lobos y vampiros rezagados, desterrados de sus clanes, buscando diversión. Y par