El frío de la madrugada calaba en los huesos. Risa se encogía bajo un techo improvisado de maderas rotas y telas húmedas, abrazando a Lira, la más pequeña del grupo. La niña tiritaba, y sin pensarlo dos veces, Risa se despojó de su abrigo raído para cubrirla.
—Pero tú… vas a enfermar —murmuró Milo, con el ceño fruncido.
—No importa —respondió Risa con suavidad, acariciando el cabello de la pequeña—. Prefiero que ella esté abrigada.
Eren resopló, intentando mantener el fuego encendido con ramas