El castillo no ardía.
Pero todo lo que tocaba la luz parecía tener una temperatura distinta desde la desaparición de Risa.
Los metales brillaban con más lentitud, las telas respiraban como si ocultaran brasas.
Incluso las sombras eran tibias.
Noctara lo notó primero.
El fuego ya no pertenecía al mundo físico: se había convertido en una vibración perpetua, un pulso que recorría las piedras, las raíces, los cuerpos dormidos.
Era ella.
Risa.
El residuo de su voluntad, descompuesto en millones de p