El amanecer no llegó como antes.
No hubo aurora, ni el canto de los cuervos que solían anunciar el cambio de guardia.
Solo un resplandor indeciso, suspendido entre la noche y el día, como si el cielo no lograra decidir a cuál de los dos obedecer.
Era el primer signo.
El mundo comenzaba a oscilar.
Noctara lo sintió incluso antes de abrir los ojos.
La línea entre el sueño y la vigilia se había disuelto; podía oír los pensamientos de las piedras, el zumbido de los insectos bajo tierra, la respirac