La noche había caído sobre el Castillo de las Sombras, y mientras la mayoría de los habitantes dormían, los pasillos parecían respirar un aire pesado, como si presintieran lo que estaba por suceder.
Noctara, envuelta en su capa negra, caminaba con pasos silenciosos hacia la sala donde horas antes los consejeros habían conspirado. Sus ojos azules brillaban como gemas heladas, y en sus labios danzaba una sonrisa siniestra.
La encontró. Todos seguían allí, debatiendo como serpientes envenenadas.