La noche aún no había terminado de asentarse cuando las lámparas de aceite del ala norte de la biblioteca subterránea fueron encendidas una tras otra, como si un corredor de ojos amarillos despertara en la piedra. El aire estaba impregnado de hollín frío, de polvo antiguo, y de algo más: una expectativa hendida, casi mineral, como si las paredes mismas aguardaran el regreso de un nombre arrancado.
Thallyla bajó los peldaños primero, con los dedos crispados sobre una carpeta de notas; su respira