La penumbra de la noche envolvía la habitación, excepto por la pequeña llama de una vela sobre la mesa. Sentada frente a ella, Phoenix fijó la mirada en la llama, concentrada. Sus ojos azules brillaban intensamente, reflejando el fuego que danzaba frente a ella. Respiró hondo, sintiendo el aire frío llenar sus pulmones, y extendió las palmas de las manos hacia la fuente de luz. Murmurando con una voz suave y cargada de intención, pronunció las palabras antiguas que empezaba a dominar:
"Aeteris