Los días en Goldhaven se arrastraban como una pesadilla interminable para Phoenix. Confinada en sus aposentos lujosos, que más bien parecían una celda dorada, su rutina era monótona e insoportable. Los guardias traían sus comidas puntualmente, siempre en silencio, con expresiones impasibles. El agua para el baño llegaba de la misma manera, llevada por hombres que evitaban cruzar miradas con ella. Esa era la máxima interacción humana que tenía. Sus días estaban marcados por un silencio opresivo,