El aire en el harén era denso, cargado con perfumes dulces y el murmullo constante de las concubinas. El lugar, adornado con cojines de terciopelo y cortinas diáfanas, exudaba un lujo opresivo. Willow entró sosteniendo la copa de vino que Aurelius le había entregado, sus dedos firmes alrededor del delicado cristal. Avanzó con pasos calculados, la determinación en su rostro eclipsando cualquier fragilidad que pudiera mostrar.
Las mujeres, esparcidas por el lugar, conversaban entre risas apagadas