Cortar y enviar la cabeza.
Lucian recorría los pasillos del palacio como quien lleva una sentencia a cuestas. El sonido de sus botas resonaba en el mármol negro y pulido, mezclándose con el tintineo de las armaduras de los guardias que se inclinaban a su paso. Pero él no veía nada. Ni a los soldados, ni los vitrales rojos que retrataban las glorias del Reino del Este, ni los estandartes que colgaban pesados del techo abovedado. Sus pensamientos estaban clavados en otra celda, en otro lugar: en las profundidades frías y h