Las estancias estaban caldeadas por brasas suaves en las chimeneas e iluminadas por la luz cálida de las velas distribuidas en candelabros de plata. El vapor ascendía desde la gran bañera de mármol, perfumando el aire con lavanda, romero y flores silvestres. Phoenix estaba sumergida hasta los hombros, con los ojos cerrados, intentando absorber la rara calma en aquel mundo que siempre parecía estar en guerra.
Dos criadas trabajaban en silencio y en sincronía. Una de ellas cuidaba del largo cabel