Mía abrió los ojos y se sintió terrible, su cuerpo dolía completo, sobre todo su cabeza y hombro, y no tenía energía ni para pedir un vaso de agua, que sentía necesitaba para no morir.
Sus lágrimas recorrieron sus sienes, desde la comisura externa de sus ojos hasta el nacimiento del cabello sobre sus orejas, y ahí se perdieron mientras miraba un techo que ni siquiera conocía, aunque no se dio cuenta de eso en un primer momento.
—¡Mía! —exclamó con sorpresa el conde Saulo Dunant, que alrededor