—¿Eres feliz? —preguntó un hombre de casi sesenta años, de cabello gris claro y de piel muy clara.
Por esa pregunta, Samia sintió una intrigante sensación de deja vú que le tiró en el desasosiego en cuestión de segundos.
—Lo soy —aseguró la joven, que tenía en la cabeza la clara sensación de que esa pregunta se la había hecho su tío ya, a pesar de que no era capaz de recordarlo haciéndola—. Al inicio fue difícil, porque me tocó aceptar que era un estorbó para mi hermano y mi reino, pero ahora,