Emma dejó la taza de té sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria. El sonido seco del cerámico al golpear el mármol hizo que Leonor levantara la vista desde el comedor, pero no dijo nada. No tenía por qué. Hacía días que Emma no pedía disculpas por nada.
Y no porque hubiera perdido la cortesía, sino porque se había hartado.
Se hartó de fingir, de agradar, de sentarse con la espalda recta esperando que él —Ian— le dirigiera más de dos palabras sin el veneno habitual. Se cansó