—Sigues ahí... —susurró ella, buscando aire—. Ese beso... no es de alguien que me odia.
Alexander no la soltó. Mantuvo sus manos firmes sobre ella, observando cómo su pecho subía y bajaba. Una parte de él quería arrojarla contra el escritorio y confrontarla con la verdad en ese mismo instante, pero la otra, la más calculadora, disfrutaba de verla colgada de un hilo de esperanza.
—Un beso no cambia las reglas, Maya —dijo él, su voz recuperando esa frialdad quirúrgica que la hacía temblar—. Dijis