Alexander la recorrió con la mirada, desde su cabello revuelto hasta sus manos temblorosas. En su mente, la imagen de Stefany acelerando el motor se mezclaba con la de Maya cambiándole las sábanas en silencio esa mañana. Ambas lo habían traicionado, cada una a su manera; una con la violencia del impacto y la otra con la seda de una mentira prolongada.
—Deberías irte a casa, Stefany —dijo él. Su voz era plana, desprovista de cualquier rastro de afecto.
—¿Me estás echando? ¡No puedo dejarte solo