Maya cerró la puerta a sus espaldas, dejando los gritos de Stefany como un eco sordo en el pasillo. Alexander estaba sentado en el borde de la camilla, con una venda blanca que resaltaba la dureza de sus facciones y una bata de hospital que no lograba restarle ni un ápice de su imponente autoridad.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él. Su voz era plana, sin la calidez de la madrugada, pero sin la explosión de furia que ella temía.
—Tenía que verte —respondió Maya, acercándose un paso. Sus ojos recorr