La espalda de Maya golpeó la pared de la cafetería con un impacto que resonó en el silencio del lugar. Alexander no se detuvo; presionó su cuerpo contra el de ella, eliminando cualquier rastro de aire entre ambos. Sus manos, aún apoyadas a los lados de la cabeza de Maya, se cerraron en puños contra el muro, atrapándola en una celda de músculos y calor.
—¿Crees que puedes simplemente darme la espalda y marcharte después de lo que acabas de ver? —susurró Alexander. Su voz era un rugido bajo, vibr