El trayecto en el auto de la señora Amanda transcurrió bajo un silencio denso, cargado de una tensión que pareció estirar el aire hasta el punto de ruptura.
Maya sujetó el volante, con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos, manteniendo la vista fija en el asfalto mientras evitaba los espejos. En la parte trasera, Amanda permaneció inmóvil, sosteniendo la mano de su hija como si fuera el único anclaje que le quedaba a la realidad. Al llegar a la casa, escoltaron a Camila hasta su hab