El rugido del motor de Alexander anunció su llegada mucho antes de que cruzara el umbral. Amanda lo recibió en la entrada, con el rostro todavía marcado por la angustia, e hizo un gesto invitándolo a pasar. En ese preciso instante, Maya comenzó a bajar las escaleras. Sus pasos se detuvieron a mitad de la alfombra cuando los intensos ojos verdes de Alexander se clavaron en los suyos. Fue un choque eléctrico, una colisión de miradas que detuvo el tiempo en el vestíbulo. Él no la miraba como a una