El solárium este de la villa de Neuilly no parecía la habitación de un niño; se asemejaba más bien a un invernadero para orquídeas raras y costosas que no podrían sobrevivir en el aire nativo.
El techo era una imponente bóveda de vidrio industrial con nervaduras de hierro que captaba el sol pálido y delgado de París, dispersándolo sobre hileras de ladrillos encalados y urnas de terracota llenas de jazmines aún sin florecer. El aire en el interior era denso, humidificado y cargado con el olor ag