La luz de aquella mañana no se sentía como el amanecer de un nuevo día; se sentía como un interrogatorio.
Se filtraba a través de los altos y estrechos ventanales de la villa de Neuilly, blanca y clínica, recortando afilados bloques geométricos sobre el suelo de piedra caliza. La lluvia había cesado, dejando el aire exterior denso con el olor pesado y estancado del boj húmedo y el limo fluvial del Sena. Adentro, el silencio era absoluto. Era la clase de quietud que solo existía en lugares prote