La paz fue la primera mentira.
Durante tres días, las Azores habían sido un santuario de azules y verdes imposibles. El aire en la villa ya no estaba cargado con el olor a ozono y viejos secretos; olía al mar y al jazmín silvestre que trepaba por los muros de piedra. Dante había empezado a verse más joven. La dura línea vertical entre sus cejas había comenzado a suavizarse y, por primera vez desde que lo conocí, no revisaba las cerraduras cada veinte minutos.
—Volveré antes de que cambie la mar