La niebla entró desde el Atlántico, espesa y sofocante, tragándose los acantilados dentados de Cascais hasta que la villa pareció una isla flotando en un vacío blanco. La lluvia había parado, dejando tras de sí un silencio tan pesado que me pitaban los oídos.
Entonces llegó el sonido. El crujido bajo y rítmico de la grava bajo neumáticos pesados.
Me puse junto a la chimenea, con el carrete de microfilm del Sistema de Seguridad pesando en mi bolsillo. Dante estaba a la mesa, con la cabeza gacha;