La mañana no llegó con el amanecer. Llegó con una niebla densa y sofocante que se presionaba contra las ventanas de la suite principal como una mortaja húmeda.
Me desperté con el sabor del cobre en la boca y el sonido de los bosques gritando. Me tomó un momento darme cuenta de que solo era el viento silvando a través de los aleros podridos de la casa, pero el miedo se quedó ahí, alojado en lo más profundo de mi médula. Sentía el cuerpo pesado, como si el mismísimo aire de Blackwood estuviera he