Javier
Estaba en su habitación escuchando cómo corría la ducha. Tenía planeado irme. Era tarde, y estar allí después de todo lo que había pasado esa noche era un error.
Entonces dijo mi nombre.
No—Raquel gimió mi nombre como un maldito canto de sirena.
Y ahora, estaba enroscado alrededor de ella, su aliento en mi cuello, su piel húmeda deslizándose contra la mía. Me estaba suplicando.
Fóllame. Por favor.
Lo haría. Por supuesto que lo haría. No tenía otra opción.
Pero primero…
Quería verla desmo