El silencio en la habitación del hospital era apenas interrumpido por el suave pitido de las máquinas que monitoreaban a Sami. Khaled permanecía sentado junto a la cama de su hijo, observando cómo su pequeño pecho subía y bajaba con cada respiración. Los médicos habían confirmado que estaba fuera de peligro, pero insistieron en mantenerlo en observación durante la noche.
Mariana se había quedado dormida en el sillón del rincón, con la cabeza ligeramente inclinada y un mechón de cabello cayendo s