El sobre apareció bajo su puerta como una serpiente silenciosa. Mariana lo observó durante varios segundos, inmóvil, con el corazón latiendo contra sus costillas como un animal enjaulado. No necesitaba abrirlo para saber que contenía malas noticias. Las últimas semanas habían sido una sucesión de momentos de felicidad interrumpidos por amenazas veladas, miradas hostiles y ahora, cartas anónimas.
Con dedos temblorosos, recogió el sobre del suelo. Era blanco, sin remitente, igual que el anterior.